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29 de septiembre de 2026 01:56 h

Querida Emma:

He dejado de trabajar en fortalecer mis raíces.

Cada día me pregunto por qué es que si somos mujeres independientes, autosuficientes, valientes, fuertes y poderosas, aún no podemos vivir con libertad.

Mantenemos un pie en el pasado, ancladas en nuestros miedos de la infancia, vigilando nuestra niña interior y así, conservamos esa cultura primitiva donde la ley del más fuerte es la de la autoridad masculina sobre todas las cosas… y no podemos sacudírnosla.

Pero no me malinterpretes, no considero que nuestros compañeros mas íntimos ejerzan esa superioridad machista y detestable, no, afortunadamente no es así.

Me refiero al entorno, a ese que silenciosamente nos envuelve y nos revuelve con la prole misógina y marrullera, esa que tenemos que tolerar y que en ocasiones no distinguimos a pesar de que nos acosa desde tiempos inmemoriales, heradado de nuestras madres, de nuestras abuelas y bisabuelas.

Tampoco podemos revertirnos contra nuestra naturaleza femenina y soñadora, ¡no!, nada más lejos de la verdad. Pero no es posible considerarse una completa a fuerza de luchar contra ese pasado que inevitablemente nos persigue, amagando nuestro futuro; ese que destroza los sueños y que disminuye la entereza; que minimiza nuestro poderío y nos arraza hasta quebrarnos en mil pedazos.

¿No te parece que en lugar de avanzar seguimos retrocediendo años?, ¿siglos?

Amiga mía, que cansancio tan terrible me aqueja hoy. Han pasado casi 70 años y aún me persiquen los miedos de los que se queja mi valentía. El deber ancestral y patético me hace avivar mi vigilia al máximo, esa que lucha eternamente contra mi solaz y esparcimiento, que mina mi salud y aumenta líneas a mi rostro.

¿Qué es lo que tengo que cuidar ahora?, ¿qué es lo que tengo que esperar?… tal vez más de lo que me imagino… o nada quizá…

Me encantaría no tener conciencia alguna, no tener memoria… ¡Oh! ¡serían noches enteras de ojos cerrados, de sueños felices, de horas largas y placenteras! Serían días eternos, con recuerdos maravillosos, de satisfacción completa, con la gratitud del deber cumplido…

Quiero dormir pero aún no para siempre, recuperar la avidez por el descanso a pierna suelta y despertar con la luz del sol en mi cara…

¿Recuerdas nuestra juventud plagada de palabrería intensa e irreverente?, no temíamos al futuro y nos sentíamos dueñas del mundo. El aprendizaje era contínuo… en un constante ir y venir de nueva información. Que felices parecíamos aunque nos preocupaban tonterías, que en ese entonces no lo eran por supuesto. Porque aún no éramos conscientes del dominio machista, de esa furia con que nos atrapaba entre sus garras y nos decía cómo sentir, cómo vivir, cómo caminar en la vida.

¡Con qué poco éramos felices!, y así, sin saber ni cómo, sin proponérnoslo, ambas continuamos por caminos separados pero semejantes, paralelos… Caminos que se cruzarían una vez y para siempre bajo el sagrado Sacramento del comadrazgo… Que placer compartir y departir contigo nuestras interminables charlas, espero ansiosamente que nos queden muchas más.

Necesitamos una buena taza de café y tiempo… más tiempo…

Con mi cariño de siempre, recibe un gran abrazo.

Lilly